JOAN TELLO
EL PAÍS DEL MEDIO.

Vivendo, estudiando y trabajando dos años en China.

Editorial: Ediciones La Tempestad (Barcelona)
Colección: No ficción, 29
Primera edición: julio 2008

Páginas: 291 + 8 (álbum fotográfico)
ISBN: 9788479480882


El país del medio retrata sin ningún tipo de censura hechos que el autor ha vivido y gente con quien ha convivido durante la estancia de dos años en China. Hay intentos de estafa, descripciones del sistema educativo (la universidad y el parvulario), comentarios sobre el medioambiente y la filosofía, rodajes televisivos, amores posibles e imposibles, profesores, una japonesa, filipinos, una periodista traumatizada en la infancia, un artista rebelde, problemas de papeles, familias y, en fin, viajes y situaciones en que se describen ciudades, costumbres y formas de conducta.

Este libro es una mirada irónica y a la vez trágica acerca de un país que se encuentra en el medio de un dilema: avanzar únicamente económicamente y desaparecer como pueblo y como cultura, o bien detener la falsa apariencia de progreso e intentar corregir los estragos que la religión del crecimiento ilimitado provoca en el equilibrio ecológico, la sociedad y las personas.

El país del medio es, en definitiva, una fuente directa para quien desee conocer mejor la China que no conviene explicar, vista y comentada por un europeo crítico no sólo con ellos sino también con nosotros.









Lo echado a perder.
Enfermedad.
Fundamentalmente propicio,
porque todo el mundo se curará.

Yìjīng, hexagrama 18

Esta composición la he creado con fragmentos procedentes
del 道德经 Dàodéjīng (cap. 30, 31, 32, 36 y 57)
y el inicio del libro XI del 庄子Zhuāngzi.










xùyán
PRÓLOGO










El país del medio
(o El país del centro), que es el nombre abreviado de China en chino, es un recopilatorio de recuerdos autobiográficos sobre mi estancia de dos años en este inquieto e incierto país asiático, los cuales fueron escritos al poco de regresar a Barcelona. Comento algunas ciudades (especialmente Beijing y Hong Kong), hablo de la comida y la tradición culinaria, reflexiono sobre el pensamiento clásico chino y planteo el choque entre, por un lado, materialismo consumista y calidad humana y, por otro, progreso y medio ambiente. Describo situaciones, comportamientos, algunos viajes y, sobre todo, personas. Y lo describo tal como yo lo percibí en ese momento. Si las cosas eran radicalmente diferentes, nadie me ayudó lo suficiente para verlas de otra forma u obtener informaciones complementarias.

También aquellos grandes emprendedores de siglos pretéritos que viajaron por Asia central y oriental intentaron describir lo que habían visto o les habían explicado de manera fehaciente. Mencionaré tres. 玄奘 Xuánzàng, un monje buddhista chino del siglo vii que hizo un viaje de quince años por el norte de India a la búsqueda de los textos originales escritos en sánscrito de las escrituras sobre el dharma. Al regresar, puso por escrito sus experiencias a petición del emperador chino. El libro, en doce volúmenes, se titula 大唐西域记 Dà Táng Xīyù Jì, “Anotaciones sobre las Regiones del Oeste de la Gran Dinastía Tang”; el controvertido Marco Polo (1254-1324), que nos dejó escritas noticias sobre la Ruta de la Seda y China en sus apuntes de viaje, y que algunos estudios sugieren que se trataba de Jaume Alarich, un emisario del rey Jaume I de la Corona de Aragón; y Antoni de Montserrat (1536-1600), un monje jesuita nacido en Vic que viajó por India y Tíbet y escribió Mongolicae Legationis Commentarius.

Aunque mi experiencia es por contenido, por contexto y por coordenadas temporales muy diferente de las suyas, sin embargo quizá compartimos una característica: la curiosidad, el ánimo de viajar para poder descubrir y comprobar con los propios ojos lo que se oculta allende las fronteras conocidas. Los viajes son, pues, una fuente de conocimiento. Pero también una oportunidad inmejorable para conocerse mejor uno mismo gracias a las situaciones imprevisibles y aparentemente incomprensibles que sobrevienen.

* * *

Estos dos años de eventos que el lector, si quiere, puede compartir conmigo, presentan vidas de personas reales (incluida la mía) que intentan sobrevivir lo mejor que pueden —o lo mejor que les dejan— según las circunstancias en que se encuentran. Por motivos obvios de respeto, he cambiado los nombres. Las descripciones y los comentarios que aparecen no pretenden ni alabar a unos ni vituperar o humillar a otros. A través de estas personas únicamente intento plantear la problemática de unos seres cuyas vidas están repletas de contradicciones, deseos, ironías, frustraciones, pragmatismos o impotencias. Algunas personas albergan dentro de sí bellos ideales humanos y amorosos pero se ven obligadas a tomar decisiones que les provocan graves catástrofes personales, las cuales expanden hacia mí que me encuentro a su lado. Otras trabajan en condiciones laborales tan precarias que no pueden reprimir más su desesperación. También hay seres que, en cambio, tienen una visión muy irónica y divertida de la vida. Y los hay que incluso son ejemplos de magnanimidad y confianza en un futuro esperanzador. Haciendo un balance de conjunto honesto, ahora me doy cuenta, gracias a la distancia del tiempo, que nadie en el fondo dijo o hizo nada de mala fe. Las circunstancias se transforman a veces en un alud que lo desborda todo.

He hecho una literatura comprometida y, por tanto, comprometedora. Cuando terminé de redactar el texto, era consciente de que precisaba una revisión. Pero cuanto más lo matizaba y lo pulía, más me percataba de que corría el peligro de neutralizarlo y arrebatarle el vigor y la frescura narrativas. Si azucaraba el tono y las palabras, lo hacía más apto para el consumo novelesco pero le evaporaba las vitaminas y el punto de sabor picante de las especias. Y si aligeraba la crítica a la sociedad y al gobierno —no sólo de allí sino también de aquí—, ofrecía un libro políticamente impecable pero mutilado, estéril y terroríficamente vacío. Por consiguiente, he mantenido la redacción original hasta donde ha sido posible. La decisión que he tomado quizá incomode a cierto público. A los propios protagonistas, si algún día lo leen. Pero el lector debe saber que a quien más incomoda sin lugar a dudas es a mí mismo, porque me he desnudado. He preferido describir momentos de existencia según los sentía en otoño del 2006, meses después de regresar de China y encontrándose mi espíritu todavía en plena conmoción y convulsión, que explicar historias fantásticas y bellos cuentos chinos para caer bien.

Cuando la literatura y, en general, el Arte son neutrales y no se implican, pierden la capacidad de sacudir las conciencias y contribuir en la evolución social y espiritual de las personas y los estados. Debemos negarnos a aceptar que las formas artísticas únicamente son buenas —productivas— si hacen la función de ser meros pasatiempos insulsos cuya expresión es la juerga, la risa trivial y el entretenimiento banal, porque esta postura no ayuda a nada excepto a malograr la vida y convertirla en unas humillantes rebajas en las que los seres humanos se relacionan entre sí a precio de saldo.

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Este libro que ofrezco al lector también puede entenderse como viaje iniciático de adquisición de conciencia. Mi visión del mundo y de ciertos países era tan idealista que debía ser matizada. Era preciso que me enfrentara con el materialismo y la cruda realidad. China, en este sentido, ha significado el choque brutal necesario para hacer estallar mi crisis interna y, a través de lo que he visto, preguntarme adónde quiero ir yo y adónde parece ser que se dirige el conjunto de la humanidad. Da la impresión de que si la China actual resulta tan atractiva para el capitalismo más salvaje es porque alberga a una población sin ningún tipo de resistencia espiritual. Acostumbrados a ser mandados y aceptar lo que es dictado por imposición, esta forma de capitalismo ha encontrado un mercado excelente para cometer los estragos más horripilantes y devastar masivamente. En este sentido, muchos dirigentes del mundo económico y político occidental sueñan en la intimidad que algún día todos los países sean así.

Es evidente que China tiene el derecho a evolucionar y progresar. Pero, al mismo tiempo, es necesario que reflexione profundamente sobre cuál es el camino más adecuado y si todos los métodos son igual de válidos. Si quiere ser líder y auténtica potencia mundial, debe hacer el esfuerzo de no actuar como el adolescente que cada vez que alguien lo contradice, tozudo y obcecado, empieza a negarlo todo por sistema o, en el peor de los casos, coge un berrinche e intenta imponerse a través de la prepotencia y la represión y no a través de los argumentos y la razón porque ni él mismo cree sus propias justificaciones. Un país, el que sea, que no hace autocrítica y que se empecina en confundir el honor con la arrogancia, la disciplina con el autoritarismo, el progreso con la destrucción y la libertad con el consumismo, está llamado a hundirse de forma estrepitosa y con sufrimiento. Es imposible que se pueda sostener apoyado encima de unos pilares tan débiles y enfermizos.

China tiene un legado cultural excelente y sublime. Especialmente edificante es la filosofía de la vida de los sabios daoístas de la antigüedad que aconsejaban no interferir en la naturaleza y animaban a fluir espontáneamente de acuerdo con ella. Ojalá en un futuro inmediato los chinos y sus dirigentes vuelvan de nuevo sus miradas hacia sus pensadores clásicos más lúcidos. Más Laozi y menos centros comerciales. El ser humano no puede sobrevivir ajeno y enajenado de la naturaleza. Si China y todos nosotros no somos capaces de entender esto, no habrá afortunadamente futuro alguno para esta especie —la humana— que, a pesar de estar dotada con una gran inteligencia, la invierte casi exclusivamente en consolidar y perfeccionar su ceguera y su estupidez.

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El único camino que ayuda y permite avanzar en positivo es hablar con claridad. Quien crea que el autor ha querido hacer un ataque grosero y visceral contra ciertas personas en particular y contra China en general, no da en el clavo. Este libro pone al descubierto algunos puntos oscuros de las personas y del país porque solamente así, iluminados, lo podrán dejar de ser. El autor, hombre de buena fe, sabe que el único modo efectivo de despertar es mediante el shock que produce una buena ducha de agua fría. La historia del Cine conserva con especial afecto películas que parecen de guerra pero que en el fondo son cantos inequívocos a favor de la paz. Ojalá el lector entienda que lo único que me mueve a escribir es ayudar a edificar un mundo mejor que el que vivimos.

China, como yo, cambia apresuradamente. China, como yo, alberga profundas contradicciones. China, como yo, busca una nueva identidad. Si yo fuera Catulo y China mi amada, sin duda tendría que decir: odio et amo.

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Para terminar, quisiera añadir que en esta versión castellana del original publicado en lengua catalana he introducido algunos cambios que intentan mejorar el texto tanto a nivel estilístico como de contenido. También he incorporado notas y ampliado algunas referencias en chino.

No sé si lo que he escrito lo he escrito de la forma más adecuada, pero el lector tiene derecho a saber cómo me sentí después de haber vivido lo que viví. Esa experiencia turbulenta finalmente se ha sanado mediante este libro, emotivo y auténtico. Si vuelvo, seguramente no brotarán en mí las mismas sensaciones porque ni yo ni el país seremos los mismos.

Barcelona, verano del 2008.


NOTA.- El título de cada capítulo en la derecha presenta tres entradas. La primera, los caracteres chinos. La segunda, la pronunciación de los caracteres anotados en cursiva según la transcripción fonética pīnyīn. Finalmente, abajo, la traducción o versión al castellano en letras capitales. Para el lector no familiarizado, mencionaré que el chino estándar (llamado mandarín o pǔtōnghuà) es una lengua en la que las vocales pueden tener cuatro tonos. De aquí que en la transcripción fonética los haya anotado: ā, á , ǎ , à .